El Gran Arcano

Paloma Sánchez-Garnica (Plaza Janés, 2006)

 

(...)

Y tú, ¿puedes venir a Toledo?
Ella afirmó con una amplia sonrisa.
—Entonces solucionado, llama a tu amigo y queda con él.
Carlos sacó su móvil del bolsillo del pantalón. Mientras hablaba
se levantó y se acercó hasta la puerta. Marta me dijo que me
quedase yo con el libro y con el pergamino. A ella le daba miedo
deteriorar algo que podía ser tan valioso: «¡Ya he tenido bastante
suerte con que el agua no lo haya dañado!». Estuve de acuerdo
con ella.
Carlos colgó el teléfono. Saldríamos al día siguiente a mediodía.
Su amigo no nos podía recibir hasta la tarde, de modo que había
quedado con él para cenar.
—Iremos a un hotel que está cerca del Alcázar —dijo Carlos
con una sonrisa de satisfacción—. Se llama La Almunia de San Miguel. Es precioso, os va a encantar, y los dueños son entrañables. Marta se despidió y nos quedamos solos. En cuanto se cerró la puerta, Carlos se levantó de la silla y se dirigió a la ventana.
—Laura, ¿qué es lo que has visto exactamente en la calle?

(...)

Estuvimos un rato viendo aquellas joyas colocadas en el pequeño
armario hasta que Roberto nos invitó a un té.
—Os mostraré las habitaciones —dijo al iniciar el ascenso por
las escaleras—. Hoy podéis elegir porque sois los únicos huéspedes,
al menos por ahora
.
En la primera planta había una especie de sala de estar a la que daban cuatro puertas. Abrieron de par en par las cuatro y nos indicaron que eligiéramos. Me metí en la primera que tenía a mi derecha. Era una habitación amplia, con un mirador al que se abría un hermoso ventanal. Ascendí un escalón para acercarme a la cristalera, y, desde allí, pude comprobar el impresionante espectáculo de las luces del casco antiguo de la ciudad; al fondo, espectacular y bellamente iluminadas, se erguían las torres de la iglesia de San Juan de los Reyes. Me quedé un rato mirando aquella vista, pegada a los cristales. La luz tenue de la habitación me dejaba
ver perfectamente el exterior
.

—Parece que te quedas con ésta, ¿no es así?
Me volví de repente como si me hubieran arrancado de aquel
exterior de embeleso. Detrás de mí estaba Juan mirándome con
sus ojos intensamente verdes.
—Es preciosa, no sé qué decir —dije volviendo de nuevo mi
mirada hacia el ventanal.
—Es la mejor —dijo casi en un susurro—; ya verás mañana
con la luz del día, y no te digo nada los atardeceres; son de ensueño,
te lo aseguro.
Dejamos nuestros equipajes y subimos al piso superior, donde
ellos tenían su apartamento. Nos invitaron a un té excelente.
Por su forma de hablar y su conversación me daba la impresión
de que eran dos personas que vivían de espaldas al mundo real.
De sus viajes y compras de cuadros y antigüedades, tenían en diferentes estanterías los objetos más exóticos y extravagantes que
pudiera imaginarse.

(...)

Caminamos hacia el hotel en silencio. Nuestros pasos retumbaban
sobre los adoquines de las calles estrechas. Nadie se cruzó
con nosotros. El frío era intenso y me encogí para resguardarme
la cara en la calidez de la lana de mi bufanda.
Ya en el patio de La Almunia de San Miguel, nos sentamos en unas sillas de hierro y, en un susurro para no molestar, estuvimos hablando un rato sobre la conversación de la cena. Al cabo de unos minutos apareció Juan por la escalera, y tras él, Roberto.
—¿Qué tal la cena?
—Fantástica —le respondí. Entonces me di cuenta de que las
vidrieras de las ventanas que daban al patio tenían el símbolo de
los templarios. Dos caballeros sobre un solo caballo. Me levanté
y me dirigí hacia la vidriera—. Esto es de…
—De la Orden del Temple —dijo Juan sin dejarme terminar
— Recuerda que estamos en el barrio del Temple, aquí todo
tiene un cierto aire templario. Roberto está seguro de que los espíritus
de los caballeros siguen pululando por estas casas y sus calles.

(...)

Nos instalamos en un hotel convencional, en el que eché de menos
el ambiente acogedor y exclusivo de La Almunia de San Miguel, a pesar de los acontecimientos y de los pasadizos.
La habitación era fría y funcional. Me asomé a la ventana y lo
único que vi fue un edificio horrible y una calle ruidosa y estrecha.
Dejé la maleta y bajé a la cafetería, donde habíamos quedado.
Carlos y Rachid me estaban esperando.
Decidimos comer algo y echarnos un rato. Estábamos agotados.
No habíamos dormido nada y en el coche no habíamos dejado
de hablar. Mientras comíamos en un pequeño restaurante
junto al hotel, el móvil de Rachid volvió a sonar. Sacó una pequeña
libreta y con el aparato pegado a la oreja comenzó a apuntar.
—Ya saben quién es vuestra amiga. Han comprobado su identidad
—dijo en cuanto colgó el móvil.
—¿Y bien?
—Su nombre es Francesca Bendetti, tenía 27 años, era italiana,
nacida en Milán. Hija de un importante hombre de negocios.

 

(...)

Carlos pudo regresar a Zaragoza unos días antes que nosotros,
libre de todos los cargos que se le habían imputado, gracias
a los contactos que tenía Giuliano en la policía, que consiguieron
detener al presunto asesino en uno de los suburbios a las afueras
de Roma. Nos recogió a los tres en el aeropuerto de Barajas cuando
llegamos de Jordania. De Giuliano nos habíamos despedido en
la escala que hicimos en Roma, aunque volvimos a vernos pocas
semanas después.
Carlos tenía tantas cosas que preguntarnos y nosotros tanto
que contarle que, sobre la marcha, decidimos llevar a Rachid hasta
Toledo, hospedarnos de nuevo en La Almunia de San Miguel y
compartir con él todas las cosas que nos habían sucedido desde el
día en que salió de la tienda de Giuliano en Roma. Fueron tres
días inolvidables e intensos, con veladas que se alargaron hasta el
amanecer.
Fue precisamente durante esos días cuando me di cuenta de
que se presentaba ante mí un futuro nuevo, en el que aparecían
nuevos amigos y, sobre todo, un amor que colmaba mi esperanza
de una vida mejor. Además, comprendí mi pasado, los acontecimientos
que me habían ocurrido a lo largo de mi vida, y descubrí
mi identidad y el verdadero significado de mi existencia.

(...)